Comunicarnos con el otro es completamente difícil, no porque no tengamos los medios sino porque ya no estamos diciendo nada al otro sólo mensajes repetitivos que informan pero no expresan.
Las relaciones amorosas se tornan superficiales por las corazas que nos vamos poniendo, nos volvemos completamente insensibles, vivimos en el eterno shock. Por el terrible miedo a “sentir” y a estar expuestos a ser vulnerables ante otra persona, al mostrarle quién realmente somos. ¿Realmente sabemos quiénes somos?
Reich, creador del reflejo del orgasmo y de clínicas de salud sexual pioneras para su tiempo, se dio cuenta (a mediados del siglo pasado) la importancia del cuerpo y su memoria. Descubrió que a lo largo de nuestro crecimiento vamos creando corazas para defendernos del medio exterior y que la única manera de encontrar la plenitud es siendo concientes de nosotros mismos, de nuestro propio cuerpo.
El cuerpo no puede mentir, se expresa por sí mismo, en cambio los labios sí pueden hacerlo.
A Reich en realidad no le fue muy bien, fue acusado por todas las corrientes psicológicas y médicas del momento. Después fue encarcelado, por un desacato en la corte, en donde murió.
Actualmente, no hay necesidad de crear una casería de brujas en contra del “sentir”, nosotros mismos nos hemos convertido en máquinas inconcientes de lo que somos y sentimos, no hay por qué hacerlo, nadie tiene tiempo. Vemos la TV, escuchamos música, vemos videos, qué mejor manera para no comunicarse.
Amar verdaderamente a otra persona, demostrándole realmente quién eres (en el mejor sentido de la palabra) es muy peligroso en estos tiempos, dejamos de ser auténticos, somos hechos en serie y la diferencia entre uno y otro es escasa.
Qué necesidad tendríamos para mostrarnos vulnerables ante el otro. Es demasiado arriesgado, es muy probable que no nos den lo que esperamos, la famosa reciprocidad, los mismos términos…
“A los niños, los discapacitados y a los animales se le ha atribuido siempre una intuición partícular con respecto a la sinceridad o insinceridad de las actitudes humanas, pues resulta fácil proclamar algo verbalmente pero muy difícil llevar una mentira al campo de lo analógico [...] Un gesto o una expresión facial puede revelar más que cien palabras”.